• Adolfo Jarrín

Boca-River…

La imagen de la final rondaba en mi cabeza como una oportunidad de oro para el reencuentro de contactos con tantos (y tan buenos) amigos Argentinos. Atrás, cerca en el tiempo, está el recuerdo de los viajes a Buenos Aires, esa ciudad llena de cafés Europeos y librerías de primera.  Esa ciudad en la que las conversaciones con los taxistas hace corto el trayecto y lamentable el apearse el vehículo. Donde fútbol y asado, juntos, hacen soñar y dan forma al gentilicio.

Amigos de la carrera con la cual compartimos eventos profesionales y amigos del fútbol, ese deporte que tantas alegrías trae y celebraciones conlleva, al igual que el recuerdo de los abrazos de consolación y apoyo tras derrotas sufridas en muchos equipos y también con la selección sub-21 amateur de Venezuela, cuando representar los colores de un Pais, supone tanto. Como no revivir los partidos con mi padre como entrenador, fiel al buen hacer y jugar, los viajes y las conversaciones, todo alrededor de un deporte que se juega con los pies, pero que nace primero en el corazón para anidar luego en la mente. Esos privilegiados que no son los más rápidos, ni los que más saltan, pero que «ven» en el fútbol el arte exquisito de pasar el balón a tiempo al que mejor ubicado está, que lo entregan con ventaja a quien lo recibe y además han visto dos jugadas adelante. Ese «algo distinto» en unos pocos privilegiados jugadores, en lo cual la Argentina pareciera especializarse.

Boca-River, aún con el sabor del espectáculo de la Bombonera, nos lleva a hacernos conscientes de los peligros del fanatismo. Que son pocos los admiradores del fútbol y muchos los fanáticos que ven en ganar una catarsis, tal vez a las frustraciones de una vida incompleta o insensata, y en el perder un mecanismo para canalizar pseudo-emociones contenidas.

Es tristemente común ver las denominadas «barras bravas»  en varios países y equipos, muestra de involución cultural y manifestación de bajos instintos y en algunos casos costumbres. Argentina es fútbol pero también debe ser una muestra de respeto hacia el significado de este maravilloso deporte. No puede ser otro el legado de tanto amor hacia el mismo y tanta cuna de calidad.

Los hechos aún en marcha, espero puedan ser vistos como una invitación a despertar a la consciencia del futbol como espectáculo donde deseamos disfrutar del mismo, con favoritismos pero sin fanatismos, con alegría pero sin cargas emocionales.

Tiene la palabra la Confederación para decidir que hacer y los Presidentes de los equipos para repensar el modelo. Este espectáculo es inaceptable y debe llevar a transformaciones profundas en este deporte. Lo vivido duele a todos, no solo a los Argentinos, y más que unos pocos, es un sistema perverso que alienta la victoria independientemente de los medios y que está convirtiéndose tal vez, en una válvula de escape, un mecanismo para alertar que se deben buscar nuevos caminos para valorar el deporte más que los triunfos y generar unas condiciones distintas, para que el fútbol sea punto de encuentro entre todos.

La alegria del triunfo debe estar precedida por la valoración del espectáculo y el reconocimiento a la contraparte. La fragmentación propia de los fanatismos, en este caso deportivos, flaco servicio le hacen a la causa tan noble de la competencia en buena lid.

Ojalá de este lamentable espectáculo, aprendamos las lecciones necesarias para la reflexión y transformación.

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